No deja de impactarme la situación de Buenaventura. ¿Hasta cuándo vamos a escuchar de “operaciones” con nombres rimbombantes para recuperar su seguridad? 30 años llevo en este oficio y nada ha cambiado de la situación de Buenaventura.
Esta semana el personero dijo que en la ciudad la delincuencia era la única que les brindaba oportunidades a los jóvenes. Una afirmación cierta no solo allá sino en todos los sectores marginados de nuestro país, más en zonas estratégicas para el tránsito de contrabando, drogas o ejes de minería ilegal. Nuestra sociedad no puede seguir buscando formas de sacar a la gente de la delincuencia sino piensa en cómo evitar que ingrese a ella.
Tampoco puede seguir pensando que la violencia, la pobreza, la inequidad y el desempleo no tienen correlación. Mucho menos puede seguir diagnosticando sin emprender acciones que nos transformen. En ese sentido, la importancia de la educación no puede seguir siendo solo retórica.
Hasta tanto no la veamos como la base de la transformación social, no lograremos los cambios que Colombia anhela. Antes de la pandemia, la calidad era el problema, ahora tenemos que sumarle la deserción. La brecha entre la calidad de la educación pública y la privada se agudizó con el covid.
Los miles de jóvenes que se quedaron por fuera del sistema por falta de equipos y de conectividad difícilmente volverán si no se hace un programa de reincorporación. Sin duda, también pueden estar atrapados en el rebusque ante la agudización de las dificultades económicas de sus familias. La forma en que el gobierno ha manejado la crisis de Buenaventura evidencia que sigue pensando que tenemos problemas coyunturales y no estructurales.
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