El Papa Francisco se volvió atractivo para los medios de comunicación por varias razones: por ser del “nuevo mundo”, ser un buen comunicador de mensajes renovadores y haber estado conectado con los pobres de las barriadas. Tiene el perfil para que se cumpla la gran expectativa de renovación católica. Ha despertado la atención sobre cuáles serían las reformas que abordará en serio y hasta dónde llegará para evitar el achicamiento de la iglesia católica.
El cardenal Bergoglio obtuvo la segunda votación en el año 2005 pero la gente no se fijó en él como papable después de la renuncia de Benedicto XVI, no estaba en la baraja de opcionados. Se realinearon las fuerzas cardenalicias y escogieron a un Papa latinoamericano, subcontinente donde habitan casi 500 millones de católicos, el 43% de la población-clientela de esta religión.
Un Papa extraeuropeo que rompió el molde de elegir prelados del antiguo continente. Esta elección servirá para despertar vocaciones sacerdotales latinas y animar la fe adormecida de muchos creyentes inactivos, pero se necesita una evangelización remasterizada que flexibilice la concepción del mundo moderno, si no es así, los esfuerzos serán inocuos.
La iglesia católica ha perdido adeptos, la feligresía en número considerable se ha trasteado a las iglesias cristianas, proceso que viene desde la reforma luterana en el siglo XVI, que acreció con el aparecimiento del anglicanismo por la postura de Enrique VIII, y se afectó con las guerras religiosas. En Colombia la reforma constitucional de 1991 deslindó al Estado confesional nuñista de 1886 y permitió normativamente la eclosión de un Estado laico, sin perder la iglesia católica el privilegio de ser la preferida de todos los presidentes de tradición católica. Los artículos 18 y 19 de la Constitución abrieron las compuertas para que brotaran una miríada de iglesias cristianas y se reprodujeran instalándose en locales de viejos teatros, gimnasios y panaderías.
Los curas renovadores atraen feligreses, los curas progresistas se identifican con los excluidos, petrificar las reformas, es estancar la iglesia amenazada por la competencia de la dispersión cristiana.
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