Arrieras

Rodrigo Fernández Chois

Al principio fue amor… Mi amigo, que acababa de adquirir su casa en el Oeste, no dejaba de admirar a sus vecinas: unas hormigas arrieras que todos los días pasaban  frente a su porche.  Le hablé de Edward Wilson, el padre de la sociobiología y de cómo había construido una teoría de estructuras sociales altruistas observando hormigas.

Días después, la luna de miel de mi amigo y sus hormigas eclipsó. Cierta tarde al llegar a su casa lo vi vestido en un traje plateado, casi que espacial. “No te acerqués, estoy tapando las bocas de este nido gigante para echarles veneno”. Su semblante reflejaba unos visos paranoicos que me motivaron a hacer caso. “Es que estas HP se comieron mis bifloras y todo mi jardín, es… ¡la guerra!”.

“Una colonia” le corregí. Meses pasaron y en una nueva oportunidad que hablé con él me preocupó: “Anoche, a las tres de la mañana las escuché marchar, se oyen como  soldados para intimidarme. Las tengo analizadas. Construyeron una avenida de seis carriles, tres para las que van a cortar hojas y tres para regresar al nido.”. “Es una colonia”, le dije. “Sí, eso. Allá es donde cultivan su hongo” Y riendo ezquizofrénicamente me anticipó: “Pero las destruiré”.

Ayer me encontré con él y su semblante por fin irradiaba paz. “Las acabé” Me confesó. “Duré seis meses levantándome en las madrugadas para bloquearles el camino. Ja, murieron de hambre todas, las que salían a cortar hojas y las que esperaban en el nido” “En la colonia”, le recalqué.  “Sí, eso… y sabés que, eso es lo que debemos hacer con los nidos del Jarillón”

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