Colombia es un país que lleva más de un lustro viviendo una desgastante polarización política que en nada ha aportado al desarrollo de las condiciones de vida tanto económicas como sociales de sus ciudadanos, por el contrario ha afectado ostensiblemente la ejecución de programas y la implementación de políticas reales que impacten verdaderamente el desarrollo humano de los habitantes del territorio nacional.
Esta polarización ha sufrido diversos momentos que han atizado y profundizado sus bases en la población, calando profunda y efectivamente en un país que no se ha caracterizado precisamente por su cultura política, un país donde en teoría su base electoral se fundamenta en el voto programático, pero que en la práctica el ejercicio ciudadano está desarrollado a partir de emociones y no de argumentos de profundidad que circunden precisamente las propuestas de programas bien fundamentados.
Algunos de estos puntos de “repolarización” y caldeo de ánimos, los vivimos al momento de votar el llamado plebiscito por la paz, la contienda electoral por la presidencia en 2018, en el proceso de apertura de investigación a Iván Márquez y Jesús Santrich por su supuesta participación en actos delictivos posterior a la firma de los acuerdos de La Habana y últimamente por el proceso judicial que se lleva en contra del expresidente Álvaro Uribe.
Este último acontecimiento, el cual debería estar caracterizado por el imperio de la institucionalidad del mismo, ha sido desdibujado completamente, insertándolo en el proceso preelectoral de cara al 2022. A mi juicio, una completa desfachatez e irresponsabilidad con el país, donde se demuestra un desdén por las instituciones del Estado en pro del beneficio de intereses políticos individuales o de un grupo reducido de ciudadanos dedicados y que mantienen su vigencia y modo de vida, a partir de los resultados electorales que obtengan en cada contienda.
Por esta razón y sintiendo la imperiosa necesidad de bajar un poco la temperatura al ambiente político nacional, debo decir que la estrategia adoptada por algunos de los sectores de oposición al gobierno del Presidente Duque, pero especialmente por los sectores afines al expresidente Uribe, trae acciones completamente irresponsables con los colombianos y con la realidad que actualmente vivimos en nuestro país.
Apelar al miedo de una población, claramente trae réditos políticos que se ven reflejados en las urnas, ya que el miedo es un sentimiento fácil de vender y que no necesita realmente de argumentación, pues apela básicamente a uno de los instintos primitivos y básicos del ser humano: la supervivencia.
Este tipo de estrategias no necesitan de un gran concepto argumentativo, e incluso, en muchas ocasiones apelan a la desinformación, sin importar la realidad y las verdaderas opciones que se tengan para llevar a cabo.
El miedo es irracional y por lo tanto los profesionales del marketing político se “apegan” al manual básico para su implementación, buscando “reacciones colectivas” a partir de la afirmación sin miramientos y argumentos.
Algunos ejemplos de lo anterior, los podemos ver en la actual campaña electoral de Estados Unidos, en la cual, como vivimos hace un par de años en Colombia, el presidente-candidato de ese país ha “encasillado” a su contendor como el candidato de castro-chavismo, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿será que el “castrochavismo” está en la capacidad, teniendo en cuenta la situación actual de Venezuela y Cuba, de influir directamente en la contienda electoral y futura presidencia del país más rico y poderoso del planeta? País, por cierto, que se precia de tener una democracia sólida, con instituciones respetadas y consolidadas en su contexto.
Al revisar el comunicado del expresidente Uribe, en reacción a la decisión de revocación de su medida de detención domiciliaria, podemos ver una declaración con un alto sentido político que sirve de antesala a las elecciones presidenciales del 2022, una declaración con cargas de profundidad, que a mi juicio erosionan aún más la institucionalidad del país, declaraciones que al provenir de un expresidente de su envergadura política, tienen asidero en algunos sectores de la población, generando mayor polarización y alejando posiciones entre los mismos ciudadanos.
Como ciudadanos sujetos de derechos, debemos exigir a todos los sectores políticos, tanto de las llamadas “izquierda o derecha”, que se abra un debate público con altura que vaya más allá de intereses particulares y que “aprovechen” el momento histórico que atravesamos para dar un paso hacia adelante, pesando en el país, en su desarrollo y no en el acceso al poder de manera individual, ni en la perpetuación en el mismo. Este es un momento que nos exige políticos que estén a la altura de las circunstancias, el 2022 es la oportunidad que los “ciudadanos de a pie” tenemos para privilegiar propuestas que apelen a argumentos y no al miedo como herramienta política.
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