Después de la elección de Iván Duque, los partidos políticos han recibido varios impactos, no solo han sido marginados del poder central, en las entrañas de cada una de estas fuerzas políticas están en desesperado reacomodo.
Las tres primeras elecciones presidenciales en torno a la Constitución de 1991, la de César Gaviria, y las dos siguientes (Samper y Pastrana), tuvieron un comportamiento similar al post-frentenacional (1974/1990), es decir el bipartidismo dominante con tendencia a compartir el poder sin oposición, se reprodujo.
Pero a partir del año 2002 los dos partidos tradicionales se fragmentaron y fueron desbordados por un liderazgo mesiánico y populista de un exmiembro del liberalismo, Alvaro Uribe Vélez.
Su triunfo los transformó; el partido Conservador fue absorbido por el presidencialismo y el partido Liberal fue diluido, siendo castigado por el triunfador por el desplante que le infringieron en 1998 cuando le desconocieron la opción como candidato dentro del liberalismo.
Ya el desgaste ideológico de los dos partidos durante el Frente Nacional (1958/1974), los había hecho perder identidad, y en los años posteriores con los gobiernos sin oposición perdieron vigor y atracción.
La crisis de los años 80 frente al auge del narcotráfico, los problemas sociales irresueltos,la guerra interna multiforme y otras violencias conllevaron a una cruzada que nadie pudo enfrentar, el único, Luís Carlos Galán, que propugnaba por la moralidad del Estado y la recuperación de la política quitándosela a los clientelistas y conniventes con las mafias, fue asesinado.
A la par que se debilitan las instituciones por insatisfacción de las comunidades y la corrupción, se van debilitando los partidos de donde provienen los funcionarios que están al frente de esas instituciones.
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