Alienación

La primera vez que escuché esta palabreja fue cuando leí a Carlos Marx. El filósofo alemán escribió hace más de cien años que el capitalismo al usar al hombre le expropia el fruto de su trabajo y lo termina \»alienando\». ¡Un eufemismo para la tesis de la explotación! A partir de ese momento hice un ejercicio intelectual y bizantino: el de catalogar los diferentes trabajos humanos del más al menos alienador. Tiempo después mi ranquin laboral cambia un poco al enterarme de que la expresión \»alienados\» también describe -según la sicología- a los individuos que pierden su propia identidad. Y cuando supe que en la edad media se les tildaba de alienados a los poseídos por el diablo, mi lista profesional adquirió un tinte bastante especial. Las profesiones como limpiador de fosas sépticas, desarmador de bombas y guardas de tránsito pasaron a mejor categoría. Pero la de actor que se mete en un muñeco de tira cómica ganó el galardón de oro. ¡¿Existirá peor alienación?! No importa si el personaje de marras es el mismísimo Mickey Mouse, Barney o el señor Berns de los Simpson; mi conclusión fue y será la misma: la alienación del pobre infeliz que se mete dentro del muñeco es de Padre y Señor mío.

Recordé mi socioeconómico estudio cuando me enteré que un par de sujetos disfrazados el uno de Hello Kitty y el otro de Bob Esponja se enfrentaron a puño y en plena calle de Madrid por diferencias económicas. Los transeúntes muertos de risa gravaron con sus celulares la insólita y ridícula contienda creyendo que el combate obedecía a quién sabe qué loco guión publicitario. Pero la cruel verdad del chocarrero acto no fue más que el de dos individuos haciendo gala de una excelsa alienación.

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