Para la producción intelectual sobre la Salsa el nombre de Adriana Orejuela era importante.
Sus amigos son de antes, en los tiempos de la Taberna Latina de Gary Domínguez, y cuando trabajó de DJ en Café Libro de Granada, donde el amigo de su padre, Fred Khaim. Buenas épocas de la rumba caleña, agitadas y frenéticas.
Después se fue para La Habana, hace más de tres décadas, allá se instaló y con el paso del tiempo se hizo una habanera más.
Yo la volví a ver cuando fui por primera vez a la ciudad de Cabrera Infante, en el periodo de la crisis, en 1997, donde no había gasolina y la movilidad era mínima.
Antes de ir le puse varias tareas de colaboración. Una de ellas era localizar a Laito, el cantante de la Sonora Matancera, que realmente duro poco en la orquesta por conflictos con Rogelio Martínez, su director.
El segundo día, en el lobby del hotel Presidente, Adriana me lo tenía en una silla. Este reportaje era el ideal para cerrar mi libro “En Memoria de la Sonora Matancera”, que salió publicado al año siguiente.
Laito, bien atendido por Jaime Galarza y Jorge Santacruz, mis acompañantes en ese viaje, se fue tomando sus rones, y empezó a subir el tono de voz. En La Habana, no era bien visto.
También lloró porque lamentaba el incidente con Rogelio Martínez y su separación de la Sonora.
Entendía que perdió la época de los Estados Unidos, cuando la Sonora tuvo una trascendencia mayor. Fue una tarde inolvidable.
Con Adriana Orejuela conocí a Leonardo Acosta, uno de los musicólogos más reconocidos de Cuba, un hombre visionario, crítico, tímido, con el cual nos tomamos un café en su apartamento.
Después con Adriana fuimos a Santos Suárez para conocer a un gran santero, pero cuando llegamos estaba en una ceremonia, con las gallinas botando sangre, y el doctor Galarza no compartía este encuentro, entonces decidimos abortarlo. Terminó siendo jocoso.
El libro de Adriana Orejuela, El Son no se fue de Cuba, -Claves para una historia 1959-1973, es el mejor estudio de esa etapa antes y posterior a la revolución.
Adriana se metió en los viejos periódicos cubanos para conseguir la información. Era una tarea para un cubano y lo hizo una caleña.
Así como la biografía de Celia Cruz la escribí yo. O la biografía del Ciego Maravilloso, rescatada por Pablo del Valle y Jairo Grijalba.
Mantenía una conversación con Adriana por redes sociales. Supe de su felicidad por ir a España y luego a Estados Unidos hace un año o dos, saliendo de la pandemia.
Regresó a La Habana, consciente de una enfermedad que la acosaba, un cáncer, y en esa ciudad que hizo suya, murió. Patricia Villegas, desde Caracas, me avisó una hora después de su fallecimiento.
En realidad, lo siento mucho, una gran amiga y una excelente investigadora.
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