En los ochentas, cuando cursé bachillerato en el Colegio Pio XII, los grados estaban, por la cantidad de escolares, divididos en “el 1” y “el 2”.
El mío fue siempre “el 2”, y a diferencia de “el 1”, reconocido siempre como el mejor salón, el mío, “el 2”, era distinguido como el peor. No hubo año en que no nos castigaran a todos por nuestras endiabladas pilatunas: prender fuego a los pupitres, pedos químicos y desobediencia generalizada.
Incluso el bullying –extranjerismo que no se usaba y mucho menos preocupaba- lo sufríamos de manera superlativa y por igual alumnos y profesores. Por esta causa, cada año escolar ocurría la suspensión colectiva de todo mi salón, comenzando con los diez primeros de la lista y así continuamente hasta que todos fuéramos castigados. Casi ningún profesor se salvó.
Tachuelas en asientos, colas de papel encendidas con fuego, montañas de pupitres, chancucos de “FFVVF” -Falsos y Verdaderos- que demostraban cómo conocíamos los exámenes antes de su presentación, etc. y etc. A todos los profesores se las teníamos montada. A todos… ¡Menos a uno! Al “Químico” no. A él no sólo lo reverenciábamos en mi salón. ¡Lo apreciábamos! Tenía una manera muy especial y propia de comunicar respeto y camaradería a la vez.
“¿Cuál fue tu secreto?” le pregunté a José Vidarte veinte años después, cuando el destino nos hizo encontrarnos como padres de dos niñas compañeritas en el Liceo Benalcázar. Él, con su característico bigote y particular sonrisa, simplemente me alzó sus cejas y rio.
Hoy le digo adiós al “Químico”. A ese maestro que respetábamos y que apreciábamos como ninguno. QEPD José Vidarte.
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