Adiós al Cacique de La Junta

Con la muerte de Diomedes Díaz, ese ser humano lleno de amores, adicciones, defectos y errores, se inmortalizaron sus cantos en las entrañas del pueblo colombiano que lo admiró, lo amó, lo lloró y lo perdonó.

Al partir el gran Cacique de La Junta empieza el declive del vallenato clásico, porque él fue el último auténtico  continuador, el único poseedor de los tres talentos que exigen los cantos de Valledupar: inspiración narrativa, timbre de voz y estilo interpretativo.

El pueblo reconoció a Diomedes Díaz como el gran heredero y digno continuador artístico de Alejo Durán, de Calixto Ochoa, de Luis E. Martínez y de Nefer Durán, porque fue capaz, sin dejarse tentar por la deformación del vallenato relevado por lo comercial, de afianzarlo con el estilo artístico de sus raíces  expandiéndolo nacional y universalmente.

El sustrato poético de los vallenatos, desde sus raíces en los cantos de vaquería y las improvisaciones en las parrandas y las piquerías, condensó en las letras las costumbres del Caribe, como la leyenda de Francisco El Hombre que con su acordeón venció al diablo,  de los contrabandistas de la alta Guajira y hasta del gallo colorado de la política que le dio el triunfo a Alfonso López.

Pero  con  \”Mi muchacho\” y \”Mi primera cana\”,  sus dos  mejores joyas, Diomedes Díaz  sublimizó el sentimiento paternal y familiar.

\”Ese muchacho que yo quiero tanto/ ese que yo regaño a cada rato/ me hizo acordar ayer/ que así era yo cuando muchacho/ que sólo me aquietaban dos pengazos/ del viejo Rafael/ Y se parece tanto a papá/ hombre del alma buena (…) Se ponía triste al verme llorar/ y me daba un pedazo de panela/ y entraba en discusión con mi vieja/\”. Adiós al Cacique de La Junta.

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