Si la política, la música y la religión son expresiones colectivas muy arraigadas en los seres humanos, que generan fanatismos, simpatías o profesión de fe, volviéndonos gratos con nuestros líderes, artistas o pastores, podemos deducir que los caleños fuimos bastante ingratos con el padre Alfonso Hurtado Galvis.
Esto se evidenció de parte nuestra hacia el ‘Santo varón’ porque faltó acompañamiento hasta su última morada, a pesar de que durante tres décadas él fue en Cali “la voz de los que no tenían voz”, nadie se dormía sin oír “la voz del prójimo” y alternó sus oficios religiosos con el servicio por los humildes.
En cambio, recordemos los sepelios multitudinarios de Carlos Holmes Trujillo y de Jairo Varela. ¿Será que los fanatismos superan a la fe y la gratitud?
Alfonso Hurtado Galvis en la década del sesenta congregó a los caleños con el fervor de navidad a rezar la novena de aguinaldo en el parque de la circunvalación, y en las semanas santas ofrecía sus reflexiones.
Somos miles los caleños de varias generaciones que en alguna oportunidad escuchamos sus mensajes, no sólo a través de la radio, porque el connotado sacerdote también fue maestro de Religión en Santa Librada, el Liceo Departamental y el Sagrado Corazón, cofundador y catedrático de la Universidad Santiago de Cali, igual que en otras almas máter.
Con él se cumplió la sentencia de que los buenos hombres mueren como los árboles, de pie. Con sus casi noventa años, hasta las vísperas de su repentina hospitalización, solía caminar erguido por la plaza de Cayzedo, muy amable saludando y bendiciendo a los caleños.
Señor alcalde: la memoria del padre Hurtado merece un espacio de inmortalización.
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