En medio de la turbulencia mental que nos producen los cotidianos comunicados de los negociadores de las Farc desde Cuba y de la vida cara que ya empezamos a sentir los colombianos, no nos queda otro camino al de seguir siendo uno de los países “más felices del mundo”, a pesar de todo.
Podemos ser una nación distinta, social y económicamente. Ojalá así sea, pese a nuestro escepticismo. Lo cierto es que en esos diálogos desde la isla castrista faltan por definir 28 puntos muy sensibles, entre los que se encuentra la asamblea constituyente que propone “Iván Márquez” contra el referendo ideado por Juanpa y sus asesores, el cual no quieren aceptar quienes insisten en no pagar cárcel ni entregar armas.
Tremendo dilema. Y en relación al alto costo de vida, es claro que no se compadece con los aumentos salariales que empezaron a regir desde el 1 de enero. La canasta familiar se disparó exageradamente, los impuestos predial y de industria y comercio igual.
Los pasajes en el transporte urbano y en el aéreo, terribles. Los arriendos también. Los paseos al interior y al exterior, gracias al dólar, dan miedo.
La reforma tributaria puede dar al traste con la inversión privada, lo que significa desempleo; al menos las empresas petroleras que funcionan en Colombia ya están ajustando sus presupuestos, lo que significa mandar a la calle a mucha gente.
Puede que el Gobierno Nacional, cuyo jefe de estado sigue siendo Juan Manuel Santos y su jefe de gobierno Néstor Humberto Martínez, prestado por su patrón Luis Carlos Sarmiento Angulo, logre “seguir siendo creativo” y sea “capaz” de no permitir que sus compatriotas caigan en la depresión y en la incredulidad.
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