La crónica de Gardeazábal

A la muerte de un amigo

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Si algo necesitábamos los colombianos para entender la magnitud de la peste, que cada vez aceptamos menos y cada vez vemos más mal manejada, era que Carlos Holmes Trujillo cayera al sepulcro víctima de ella. Antes de él ya habían caído 50 mil compatriotas más. Pero esta víctima no solo es el Ministro de Defensa, es el símbolo de una generación ,el futuro de una opción de patria.

Independiente de la razón o sin razón que se tuviera con su actuación como ministro, como político o aún como ser humano muchos colombianos, desde el expresidente Uribe con su poderío y su necesidad de no perder el poder, hasta mi coterráneo Hugo Bolivar, llevando en su mano la misma bandera roja vibrante de los liberales holmistas de hace 50 años, todos guardaban esperanzas en su futuro.

Más de un vallecaucano creía que era con él como podría volver a la tierra dulce la presidencia de la nación, tan esquiva desde hace 130 años.

Ante el recuerdo del coterráneo que vi crecer hombro a hombro en la política parroquial, del joven impetuoso que se sentaba junto conmigo en el diván de su casa de Santa Rita para que oyéramos las sabias advertencias que nos hacía Doña Genoveva, su madre.

Ante la nutrida película de acciones que pasan veloces por mi memoria ,y que nos hicieron coincidir cuando fuimos elegidos los primeros alcaldes populares en 1988, él en Cali, yo en Tuluá y que después nos permitieron unir fuerzas para que él fuera el presidente de la Asociación Nacional de Alcaldes.

Ante los otros muchos momentos en que nos distanciamos porque veíamos distinto el trascurrir de la nación. Ante esa catarata de añoranzas, solo sobresale del naufragio que simboliza su muerte, la seguridad absoluta de que siempre nos consideramos amigos, amigos de verdad.

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