Ante la cadena de marchas y protestas durante el paro agrario en junio 2016, promovido por la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular, llevado a cabo en las carreteras de 21 departamentos, con 37 puntos de obstrucción, y la participación de más de 65.000 manifestantes, apareció un calificativo a la manera de eufemismo para referirse a los bloqueos y reprimir o dispersarlos, se llamó concentración de personas, como si se tratara de un caso fortuito, sin reconocer que se trataba de una protesta social por incumplimiento de pactos para la inversión agraria y mejoramiento del campo colombiano.
Esta protesta obedece a la cohesión de la cumbre agraria porque fue un llamado de una organización plural de 13 organizaciones sociales. A la presión popular campesina, indígena y afrodescendiente no puede mirársele como de inspiración guerrillera porque las dos guerrillas fuertes están en proceso de diálogo con el Gobierno (las Farc), o a punto de concretarlo (el ELN); esta fue una protesta donde el eco de los diálogos si influyó porque el “arreglo” sobre lo agrario tiene incidencia de cara al devenir diario y a lo que sucederá en el postconflicto para llegar a una normalización de la vida rural alterada por la violencia de más de medio siglo sin llegarse a una reforma agraria integral.
La agitación social de la pluriculturalidad colombiana nos muestra las convulsiones que vendrán dentro del postconflicto y que durarán el tiempo que requiera la reconstrucción de la sociedad y el establecimiento de los derechos sociales, culturales y económicos no practicados dentro del Estado Social de Derecho a causa de la extensión del neoliberalismo en las prácticas agrícolas.
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