Un mundo feliz, 1932, libro de Al-dous Huxley en el cual el escritor describe una sociedad de individuos nacidos con un destino programado desde su concepción en el laboratorio, además de controlados con drogas, motivo para que nadie se sublevara.
Basados en este concepto de sometimiento absoluto, la historia identifica como precursores de la manipulación mediática de masas a través de los periódicos, la radio, el cine y posteriormente la televisión a Joseph Goebbels y Georgi Aleksándrov, directores de los departamentos de propaganda de los regímenes nazi y estalinista entre 1934 y 1948, quienes establecieron las bases para transformar sucias mentiras en verdades entre las muchedumbres incultas.
80 años más tarde esta estrategia se ha convertido en la herramienta favorita de los amos del poder en el mundo.
Las calumnias, las informaciones incompletas y las exageraciones en contra de individuos, instituciones, colectivos o gobiernos, incitan a juzgar y condenar basados en suposiciones las acciones y decisiones contrarias a los grupos de poder.
La primavera árabe, la migración afro-asiática por el Mediterráneo, las armas iraquíes de destrucción masiva, el origen de Isis, la satanización del régimen venezolano, el discurso pacifista colombiano construido por las Farc y el Gobierno, la estigmatización de los campesinos en paro, la minimización de los fenómenos de corrupción en el país, el desprestigio contra el colectivo gay al que se señala de idólatras del sexo, son algunos ejemplos de propaganda alterada tras un fin.
Como Goebbels lo sentenció, una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad. Lo extravagante es observar al pueblo asumir estos eventos sin reflexionar si son verdad.
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