Prendiendo motores

Fabio Cardozo

Cualquier desprevenido pensaría que un país como Colombia, que ha padecido una guerra de más de medio siglo y que hoy está a punto terminarla, “cerraría filas” alrededor de este propósito. Pues no es así, al contrario de la guerra, la paz nos disocia y no tanto por el modelo de paz promovido o por los argumentos socorridos por sus detractores, en absoluto.

Su radical oposición se funda en propósito por mantener el desorden propio de un estado débil que se mueve por los mezquinos designios de sus caudillos o sátrapas; su arremetida iracunda contra la paz, constituye su grito de batalla contra los ideales de democracia, justicia, verdad, por temor al ineluctable examen de la historia y su correspondiente cuenta de cobro.

Un estado fuerte es aquel que cumple con sus obligaciones democráticas, que admite los controles formales, políticos y sociales sin acudir a expedientes delictivos para eliminar a sus adversarios o a los que simplemente se apartan de sus prácticas perniciosas. Fortalecer el Estado y en algunos lugares recuperarlo incluso, es la principal apuesta de la construcción de la paz.

Este proceso liderado por el gobierno Santos nos está proponiendo una nueva agenda distinta de la guerra, centrada más en los planes de desarrollo de los consejos de gobierno que en los planes de guerra de los consejos de seguridad. La seguridad del posconflicto será la de los inermes ciudadanos de campos y ciudades, pues todo el  esfuerzo militar se orientó a combatir las guerrillas, permitiendo que la delincuencia común, las bandas, las oficinas de maleantes, permearan nuestra tranquilidad. La paz nos obliga a repensar el Estado.

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