El proceso de paz en Colombia ha generado gran controversia e infinidad de opiniones encontradas, desde los más encopetados políticos y analistas de opinión pública hasta los más humildes de los colombianos.
Al mirar los puntos que se negocian en La Habana es claro que la intención de las Farc no es hacer de esta negociación una plataforma para las grandes transformaciones que durante décadas pregonaron, lo que se negocia es cómo salir ellos lo más bien librados posible, quizá con la esperanza que desde la vida civil y política puedan proponer su visión de país, cosa que se tornará muy compleja por la poca aceptación y credibilidad de esta organización.
Este proceso con las dudas que genera es lo mejor que le puede pasar al país, he tenido la ocasión en los últimos tiempos de visitar y hablar con campesinos de regiones como el Cauca, Caquetá, Meta, Guaviare, Putumayo, sitios en los se ha sentido con todo su rigor el conflicto armado y su “aliado” los cultivos ilícitos, y sus habitantes claman por una salida negociada, es quizá ahí donde radica la fortaleza de la apuesta del gobierno Santos.
Pero si no se coordinan las acciones del postconflicto y surgen nuevos liderazgos desde las regiones, es posible que la decepción sea más grande que lo que ya hemos vivido, se requieren alternativas políticas, económicas y sociales viables, dirigidas a pagar la deuda histórica que el país tiene con los que soportaron la guerra implacable y proteger las riquezas naturales, además de generar bienestar y democracia en toda su dimensión.
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