En vísperas del acto de recepción de las cenizas mortales y del desvelamiento de un busto de Gabriel García Márquez en el patio central de la Universidad de Cartagena, averigüé entre estudiantes qué tanto conocían sobre su vida y obra.
Me sorprendió una chica precoz con su predilección por Las sombras de Grey, mientras ignoraba las historias eróticas de Macondo. Ella, con su franqueza impúdica, me confesó la curiosidad por el contenido erótico del voluminoso libro. Su respuesta merecedora de una simple observación y una respetuosa recomendación, me hizo comparar su caso con el tiempo que en los colegios imponían sanciones disciplinarias a quienes sorprendieran en flagrancia leyendo los libros de Hernán Hoyos con sus escuetas historias sexuales, que circulaban clandestinamente.
La distancia entre esa precocidad actual y la antigua juventud reprimida, no es óbice para recomendarle a esta ansiosa lectora que en Cien años de soledad, también encuentra el erotismo poético de José Arcadio, de Pilar Ternera, de la frágil gitana en la carpa de Melquiades, de Aureliano, de Remedios La Bella y demás personajes.
Guiado por mi profesor de literatura, descubrí el erotismo en las historias macondianas, sin que todavía Gabo publicase La triste historia de la cándida Eréndira, ni El amor en los tiempos del cólera, ni El amor y otros demonios, ni Memoria de mis putas tristes. Exprimamos el zumo erótico de Cien años de soledad, fuente literaria más rica que Las sombras de Grey, para que nuestra juventud no siga dando tumbos entre las delicias poéticas del realismo mágico y esa burda pornografía publicada a pedido editorial. Gabo mantuvo por más de cien años la pasión entre los macondianos.
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