Al paso que va el país puede ocurrirle algo similar a Venezuela. No olvidemos que los “chamos” eran una nación muy rica gracias al petróleo, pero también han tenido su lado paupérrimo, donde mucha gente sufría los estragos de la pobreza gracias a la corrupción que allá practicaban los partidos políticos tradicionales, los que se turnaban los períodos presidenciales para seguir robándose el presupuesto nacional, hasta que ese pueblo se cansó y eligió al coronel Hugo Chávez Frías, quién prometió ríos de leche y miel a través de un nuevo proyecto político al que denominó “socialismo del siglo XXI”. Claro que fue peor el remedio que la enfermedad.
Pues aunque atrasados, en Colombia puede ocurrir lo mismo. Acá también la corrupción —hoy más galopante que nunca— es la mecha que tiene al país a punto de tomar un rumbo incógnito. Los colombianos ya no soportamos que los políticos y la élite social sigan teniendo al pueblo sumidos en la inequidad, en la desigualdad, en la mentira y en la politiquería. El servicio de salud, horrible; las altas tarifas en los servicios públicos que no se compadecen con un salario mínimo miserable; la educación mediocre; la riqueza en manos de los reyes del “ají” o la “coima”, es decir, mal repartida; una tributación injusta; el déficit fiscal creciente en todas las regiones y en el Gobierno Nacional; la deuda pública creciendo cada año y perdiéndose en mermelada.
No se les haga raro, entonces, que este pueblo, que traga entero, que no reacciona, decida, calladamente, suicidarse con un presidente estilo Gustavo Petro.
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