El nombre de mi columna semanal, Apologías y rechazos, es en homenaje a Ernesto Sábato, precisamente porque un 15 de mayo de 1996, fecha de mi primera publicación, acababa de leer su libro de ensayos con este título homónimo.
Pero no fue escogido al azar o por la simple coincidencia del turno del libro en mi costumbre lectora, sino por la razón fundamental de que hasta ahora no conozco otra semblanza mejor sobre la labor de los docentes, que la escrita por Ernesto Sábato. Dedicó a su maestro Henríquez Ureña, el tercer ensayo en la página 53, que tituló “Aquel profesor de mi adolescencia”.
Más que una explicación para con mis lectores, tómenlo como una emocionada referencia tras leer en Apologías y rechazos, aquellos recuerdos del escritor argentino sobre su profesor.
La comparto el Día del Maestro, confiando les sirva para fundamentar vuestras gratitudes por haber contado con análogos profesores. No hay mayor alegría, después de muchos años de ejercicio docente, que la sentida por un maestro tras el saludo grato y sincero de su exalumno. “Los que tuvimos la suerte de recibir sus enseñanzas – decía Sábato- somos testimonios de aquella manera suya de enseñar mediante los buenos ejemplos literarios, no a través de rígidas normas gramaticales”.
Qué gratitud la del argentino que un día relevó su profesión de físico investigador del instituto atómico Curie de París, por la vocación literaria que le inculcó su maestro. Comparto con el autor de “El túnel”, de “Sobre héroes y tumbas” y de “Apologías y rechazos”, su idea de que a medida que pasan los años, cuando la vida nos golpea como es su norma, más admiramos y añoramos a nuestros buenos profesores. ¡Felicitaciones a los maestros en su día!
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