El transporte oxigena las ciudades. Su prestación deficiente afecta la convivencia ciudadana y las actividades comerciales. Cali está en riesgo, paradójicamente, desde que su transporte público fue intervenido por el Estado y regulado por Metrocali prometiendo ordenarlo y volverlo más eficiente.
Con sus fallas y todo, las anteriores empresas transportadoras fueron rentables y se expandieron a la par del crecimiento demográfico de la ciudad. A pesar de la guerra del centavo y de la accidentalidad, proliferaron empresas con un buen servicio, rutas prolongadas, itinerarios claros y con regularidad de 5 minutos en los despachos.
Ahora con el MIO, el transporte se convirtió en un caos: buses parados en los talleres, huelgas de los motoristas por deudas laborales, estaciones deterioradas, confusión de los usuarios al desconocer los recorridos de las rutas, largas esperas en las estaciones, trasbordos agotadores de los usuarios para llegar a sus destinos y sobrecupos en los buses. Si cada bus padrón viaja hacinado, ¿por qué los pocos propietarios pregonan que están en quiebra? Floralia, ahora con la suspensión de dos rutas alimentadoras, será otro de los barrios afectados, sin importar su superpoblación y que hace tres décadas se fundó como bandera del programa nacional de casas sin cuota inicial.
A sus moradores para movilizarse les queda un solo alimentador, siendo que antes, con las empresas tradicionales, disponían de 15 rutas de buses: 6 de la Papagayo, 3 de la Blanco y Negro, 1 de la Alameda, 2 de la Coomoepal, 1 de la Decepaz, 1 de la Villanueva y 1 de la Gris San Fernando. Que reviva el transporte público.
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