Por estos días vi publicado en un muro de Facebook un estudio de la National Geographic que concluía que la relación perro hombre se basa en una conexión parásita del primero con el segundo.
Según tengo entendido, el parasitismo es una especie de simbiosis donde un ser llamado huésped vive de otro que recibe el nombre hospedador o anfitrión sin que necesariamente el primero le haga daño al segundo. La palabra “parásito” de por sí es muy peyorativa y mirar a nuestro mejor amigo peludo con este rótulo científico es bastante difícil… ¡Incluso irrespetuoso!
Si bien es cierto que nuestro mejor amigo depende totalmente de nosotros para su supervivencia, también lo es –y contrariando la tesis del estudio referido- que nos brinda muchísimo a cambio de un simple sostén. Y no me refiero específicamente a los perros salvavidas, cazadores o pastores que con su labor ganan de sobra el pan en cada uno de sus días.En mi deducción incluyo a toda la bastedad del mundo canino, desde los perros falderos hasta los daneses gigantes.
Seamos honestos; si la relación perro hombre se evalúa ya no en el plano material sino en uno, digamos, más emocional, los parásitos terminaríamos siendo nosotros los hombres.
El agrado, la compañía, el aprecio y la lealtad que nos ofrecen estos animalitos difícilmente podrían llegar a valorarse en términos materiales. Y si los economistas lo lográsemos algún día, este valor superaría con creces al que destinamos los humanos a su manutención. Cierta es la frase del poeta francés Paul Valery: “El perro ha hecho del hombre su Dios. Si fuera ateo sería un animal perfecto”.
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