Cuando murió Jairo Varela yo estaba en el Facebook y alguien me preguntó que si yo podía confirmar su muerte. Le dije que no y llamé a José Aguirre. Hoy me desperté, me metí al Facebook y empecé a ver comentarios sobre Rodrigo García. Pregunté y una amiga me dijo: “Se murió anoche, de infarto”. Rodrigo es un contemporáneo mío y de Miguel Yusti.
El pertenecía a la gallada de San Nicolás cuando éramos adolescentes y yo pertenecía a la del barrio obrero. Nos volvimos a ver en Cangrejos de la octava, donde iba otro de sus amigos, Lázaro, que hizo historia. Era un bravo de la noche y de la vida. Murió muy joven.
Después la vida nos reunió en el famoso Bar de Williams, en la 19 con primera, en San Nicolás, un barcito de Servio Rodríguez que fue un lugar trascendental en los setentas. Ahí se encontraban las tendencias izquierdistas de la épóca: los mamertos, los maoístas y los nacientes trotskistas. Ahí íbamos todos, hasta Carlos Jiménez y Tomás Quintero, quien escribió unos poemas muy hermosos sobre las noches de ese sitio. Ahí aparecieron muchachas muy bellas, y una de ellas conoció a Rodrigo y se enamoraron. Tuvieron unas hijas hermosas, que fueron modelos.
Rodrigo se fue para los Estados Unidos y nos separamos. Volvimos a encontrarnos en la primera etapa de Zaperoco. Ahí llegaba siempre con una amiga, en la esquina de la barra, a tirar paso, algo que hizo siempre con estilo y elegancia, más en la línea cubana, que defendió hasta el final. Eso lo había aprendido en Miami. Cuando entró la moda de Tintindeo, Rodrigo traslado sus viernes por el sur. A diferencia de Zaperoco, más para la rumba, a él le gustaba bailar. Eso hacía en Tintindeo con muchas muchachas jóvenes que lo admiraban. Siempre mantuvo un cuerpo delgado y una pinta que impactaba.
En estos últimos tiempos nos comunicábamos por el Facebook. Hace poco me dijo: “Tú no sabes bien el final de Rosa, una jovencita que yo incluí como personaje en mi novela Reina Rumba”. Sin ser escritor redactó un relato donde me descubría que el amor de Rosa había sido yo.
Ella se suicidó andando embalada con un cuchillero de mala muerte. Yo escribí el texto y lo publicamos en el faceboook. Entonces, me dijo: “Que tal si escribo otro de Lázaro?”. Le respondí, claro, hazlo. Ese fue el último pacto de amistad que hicimos. Hoy supe de su muerte y me puse a llorar.
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