¿Lunáticos?

Rodrigo Fernández Chois

La oscuridad cubrió todo. La Tierra, la esfera azul, no se veía a través de los ventanales de la nave. “Ni en Houston nos escuchan. ¡Estamos solos!”, prorrumpió Jhon sin ocultar nerviosismo en sus palabras. Thomas y yo también estábamos inquietos, al fin y al cabo éramos los hombres que más lejos habían llegado en la historia de la humanidad.

Me ubiqué para contemplar a través de una de las lumbreras del Apolo X la cara oculta de la Luna. Imaginé que en esos momentos mis compañeros pensaban igual: en la grandeza de nuestra especie, o en nuestra insignificancia quizá.

Entonces lo escuché. Quedé pasmado. Froté mis párpados con la idea de despertar de un sueño. ¿Estaba delirando? “Eugine, ¿lo oís también?”. Ciertamente no deliraba. Thomas y Jhon tenían ambos la boca abierta y las caras más blancas que los pesados trajes de astronauta. “Es como un silbido”. “¿Quién o qué lo hace?” Los tres escrutamos la negrura cósmica en busca de un no sé qué. El silbido continuaba. “Suena como a música del espacio exterior”, “Es una música rarísima”.

Los primeros rayos de luz no tardaron en aparecer en el momento en que el Apolo X finalizó su órbita por el lado oscuro de la Luna. Y el silbido cesó. Nos miramos desconcertados. ¿Creerán esto allá abajo? ¿Nos trataran como locos?  ¿Permitirán que volvamos a tripular?

Thomas se llevó la mano a la boca en señal de sabio y prudente pacto de silencio. Jhon y yo asentimos. Jhon cubrió ambos oídos con sus manos y yo, mirando por última vez la negrura que desaparecía, cubrí mis ojos.

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