Estoy seguro que los colombianos, sin excepción, queremos la paz. Lo que pasa es que no la queremos coja y débil, sin decirnos verdades, sin reconocer dolores y resentimientos.
El Premio Nobel no debe ser el objetivo. Es la nación entera la que clama por acabar de una vez por todas con tanto sufrimiento. Pero quién nos asegura que la clase política corrupta y los delincuentes de cuello blanco no van a seguir desfalcando a los colombianos a través de contratos leoninos y de “mermelada”. Bien lo dice William Ospina, galardonado escritor colombiano: “Hay una equivocación de fondo en la concepción de la paz, mostrando a Colombia como un país donde todo es normal. No.
Aquí se manejan cifras irreales de disminución de la pobreza, tasas de ocupación en la que se desconoce la realidad aberrante del sub-empleo, balances macroeconómicos que solo convencen a los que adentro y afuera se benefician de un modelo de economía improductiva, totalmente subordinado al interés de las multinacionales y del capital financiero, y donde todo sector que no recibe beneficios es borrado como excepción y anomalía”.
No es necesario ser comunista o anarquista para reconocer lo que dice Ospina. Es una verdad de a puño, que duele a unos y molesta a otros. “Prefieren hablar de posconflicto y no de la reconstrucción de un país devastado física y moralmente por décadas de violencia y desamparo, por aquellos largos hábitos de exclusión y anormalidad”, asegura el mismo escritor.
Queremos un país distinto, no solo sin guerrillas ni criminales, sino también sin corrupción.
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