Cumplidos cuarenta días del mandato de Maurice Armitage no han faltado las críticas a su estilo de gobierno. Sus primeros días estuvieron marcados por cambios de rumbo frente a decisiones tomadas.
Sin duda, situaciones que reflejan su poca experiencia en lo público, el desconocimiento que tiene de la ciudad y, sobre todo, su carácter impulsivo. Si bien podríamos quedarnos en resaltar las debilidades del Alcalde, bien vale la pena profundizar en sus fortalezas. Poco se ha dicho de la gran empatía que los ciudadanos sienten hacia él.
La simpatía de Armitage, su sensibilidad social y el deseo de escuchar a los caleños están dejando huella en los barrios. Armitage es toda una “vedette” en sus giras y por dónde camina todos quieren una foto con él. La importancia de esto trasciende lo anecdótico. La popularidad de un mandatario puede capitalizarse para fortalecer su gobernabilidad y para construir una visión compartida en la sociedad que lidera.
Un mandatario querido será seguido y apoyado mucho más fácil que uno distante y frío. El ejemplo de su antecesor es muy diciente. Cali viene de la administración de Rodrigo Guerrero que, a pesar de su carisma y humor, se aisló de los caleños y no logró hacer clic con ellos, generando una percepción negativa sobre su gestión y sobre el estado general de la ciudad.
Aunque las comparaciones son odiosas, bien valdría la pena que los asesores de Armitage analizaran las diferencias con Jorge Iván Ospina, su popularidad y la evaluación que los caleños hacen de su gestión.
Aprovechar las características personales de Armitage, su temperamento, espontaneidad y cercanía con la gente puede marcar una gran diferencia para la ciudad y darle tiempo al mandatario para hacer el curso de lo público y replicar en el CAM los éxitos logrados como empresario y gestor social.
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