Si por algo es conocido el presidente Santos en la intimidad de la sociedad bogotana es por su vanidad. Y el poder con el que tanto soñó desde adolescente, se le dio. No le importaron los medios a los que acudió para lograrlo. Supo matizar su soberbia y su egocentrismo.
Es una especie del doctor Jekyll. Ese poder lo ha utilizado para complacerse a si mismo, utilizando mentiras o verdades a medias.
Lo cierto es que tiene harto parecido a Maduro en la forma como se maneja el Estado, con la diferencia de que en Colombia todavía se respetan algunas leyes y algunas partes de nuestra Constitución. La independencia de los tres órganos fundamentales, en sus manos, no existe.
El Congreso, con el cuento de la Unidad Nacional, ha sido vencido gracias a la mermelada o a algo que Santos se inventó siendo ministro de hacienda de Andrés Pastrana, los famosos “cupos indicativos”. La majestad de la justicia vuelta añicos, totalmente cooptada gracias a lo mismo.
Es una pena. Los grandes medios de comunicación, comprados por mucho dinero a través de su publicidad “prosperidad para todos”. Logró elegir Contralor nacional de bolsillo, así como Registrador “electoral”. Lo mismo hará con la vacancia de la Defensoría del Pueblo.
Y está ad portas de sacar al Procurador Ordoñez, su gran crítico, para elegir a otro amigo de “confianza”. Y así, sibilinamente, se apoderó de todo el aparato estatal, donde sus críticos corren el peligro de ser investigados y encarcelados gracias a esa punta de lanza representada en su mejor aliado, el abogado Montealegre.
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