Con el acuerdo sobre justicia y víctimas logrado, el tema de la guerra como arma política será -todo apunta hacia allá- un asunto del pasado.
La pólvora, como lo anunció “Timochenko”, solo será utilizada para juegos pirotécnicos. Deberíamos utilizarla para quemar el “año viejo” de la guerra, ustedes verán que cara le ponen, yo tengo ya un candidato.
El proceso de negociación de La Habana se está cerrando, con su secretismo y las declaraciones altisonantes de las partes que nos hacían temer por momentos en el fantasma del fracaso.
Lo que sigue es la construcción del proceso de paz, que comenzará con las medidas y decisiones que deberán acometer el estado colombiano en todas sus dimensiones territoriales, y la guerrilla de las Farc para cumplir con lo pactado. El cumplimiento de esta agenda nacional desatará nuevas demandas, debates y tensiones que no se tramitaron el La Habana, como resultado de la presión política ejercida por los poderes que pelechan en medio de la guerra. Esta nueva agenda la impondrá el país, en medio de una atmósfera de paz, que es sinónimo de cambio, de justicia, movilización ciudadana y popular.
La única manera de reparar a todas las víctimas que hay en Colombia es revisando nuestro sistema social y modelo económico, pivotes sobre los que se sostiene Colombia, y la madre y origen de nuestra desgracia.
Sin desconocer la importancia del acuerdo logrado a favor de las víctimas del conflicto armado y que nos pone ad portas del acuerdo final, me refiero esta vez a las victimas del Leviatán que asfixia con su estructura monstruosa: “la rosa del porvenir”.
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