En la década anterior se presentó en la América Latina una especie de “primavera” en donde fuerzas políticas independientes y de izquierda revitalizadas coparon el espectro político con un discurso renovado y esperanzador, luego de los terribles setentas, en donde regímenes militaristas y golpistas se dieron a la tarea de borrarlas de la faz de la tierra.
Presenciamos como a través de las urnas, en unas democracias cuestionadas, presas de los intereses privados, la vetusta clase política heredera del plan Laso, tuvo que aceptar el veredicto democrático de un pueblo que hacía girar el péndulo de la historia hacia la izquierda o, en pocos casos, hacia el exótico y poco explorado centro.
Muchos aspiramos que estos modelos afincados en la justicia social y un desarrollo económico a escala humana, permitieran iniciar un proceso conducente al pago histórico de la deuda social en esta parte de América.
Efectivamente, la tarea comenzó, al punto que el contagio por apuestas políticas de estos perfiles se extendió en buena parte de América Latina: llegando a la cabeza del poder ejecutivo exguerrilleros, populistas, sindicalistas, mujeres. Sin duda, todo un terremoto político en el vecindario.
Con asombro tenemos que registrar la destorcida de esta que fue nuestra primavera. En lo fundamental, porque estos líderes copiaron el formato amarillento de enquistar sus camarillas en la cúpula del poder, para impedir relevos en la conducción del estado o simplemente por ser incapaces de reinterpretar los cambios políticos que ellos mismos desataron.
El péndulo de manera inercial vuelve a la derecha, y el alborozo de muchos hoy durará poco, pues ya sabemos a qué sabe su potaje.
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