La declaratoria por parte de la Unesco de reconocerle al vallenato la categoría de patrimonio universal de la humanidad, provoca entre los colombianos una sensación parecida a la de hace treinta y tres años cuando la Academia Sueca declaró Premio Nobel a García Márquez.
¿Será porque Gabo definió a Cien años de soledad, como un vallenato de cuatrocientas páginas? Obvio. Los juglares vallenatos son protagonistas principales de Macondo y le mantenían informado a su pueblo sobre lo que ocurría más allá de la ciénaga inhóspita.
Convirtiéndole en personaje novelístico, García Márquez homenajeó universalmente a su amigo, el compositor vallenato Rafael Escalona y, entre sus narraciones, también dedicó sitial especial a la mítica leyenda de Francisco el Hombre, quien con su acordeón venció al diablo en una piquería.
Además de estas razones literarias, los colombianos sentimos alegría y recordamos conjuntamente con Gabriel García Márquez, a Consuelo Araujono la “Cacica” y a Alfonso López Michelsen, porque se les realizó un sueño conjunto, aunque de manera póstuma, de darle vida eterna y trascendencia universal al vallenato.
Cuando los músicos ejecutores empezaban a dejarse tentar por las disqueras de agregarle instrumentos electrónicos a los grupos vallenatos e improvisar letras para tocar quitando la esencia hasta su comercialización como un ritmo efímero, estos tres amigos promovieron desde 1968 los festivales de la Leyenda Vallenata en Valledupar. Pasado medio siglo, también hay que reconocer la labor del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural que desde hace dos años se dio a la titánica tarea de buscar que la Unesco le otorgara reconocimiento universal al vallenato.
Gracias, Escalona, Alejo Durán, Diomedes, hermanos Zuleta, Carlos Vives… todos los juglares.
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