La jornada electoral finalizó y ya mucho se ha dicho sobre el nuevo mapa político, sus presuntos ganadores y perdedores. Sin embargo, en un análisis más histórico que coyuntural, más racional que emocional, es necesario reconocer que los grandes perdedores de la jornada siguen siendo los partidos políticos. Hace décadas sufren erosión como institución democrática, y se han convertido en meras maquinarias electorales que deben aliarse en coaliciones cada vez más incoherentes para mantener el poder.
Es representativa la oleada de inscripciones por firmas; recordemos que 810 candidatos se inscribieron apoyados por firmas. Esto, evidencia la incapacidad de interpretación en los partidos políticos. De hecho, la reciente encuesta de Cifras y Conceptos de 2014 que entrevistó a 5.000 jóvenes entre 18 y 25 años, arrojó que el 41% de los encuestados no siente afinidad con ningún partido político; y la última encuesta de cultura política realizada por el Dane encontró que el 37.7% de los entrevistados confiaba poco en los partidos políticos y el 27.3% no confiaba nada. Esto, sumado al hecho de que el 47,2% de la población entrevistada dice que nunca ha votado porque la política es corrupta y el 43,4% porque los candidatos prometen y no cumplen.
Así, elección tras elección uno ve un proceso de debilitamiento estructural de los partidos políticos. Sigue en veremos un proceso de renovación, que traiga nuevas prácticas que recuperen el sentido ético en la política, con nuevos líderes, así como crear una cultura de “uso de buen retiro” por parte de algunos que en ocasiones taponan la necesaria renovación generacional. En conclusión, es necesario fortalecer los mecanismos de democracia interna y renovar los liderazgos públicos para así lograr mayor sintonía con el electorado.
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