A estas horas de mi vida, cuando he visto pasar todos lo acontecimientos que formaron parte de la utopía de cambiar al Mundo, no recuerdo a nadie que con tanta entereza y convicción hubiera mantenido en alto la vigencia personal y política de los principios liberales. Aceptar el disenso, el pluralismo irrenunciable, el culto indiscutible por la libertad de expresión y la creencia cotidiana en el ejercicio de la libertad política, han hecho de Jorge Restrepo Potes el único liberal que mantiene, como si estuviéramos en el siglo XVIII, el aura de los fundadores de la Democracia Liberal.
Con Jorge Restrepo nadie se puede equivocar. Su fe y su militancia entorno los valores democráticos lo hacen un referente sin ambivalencias. Heredó la fe liberal de sus ancestros, enriqueciéndola con un criterio de la amistad y del equilibrio que cada semana transmite en su columna de opinión, donde sin sonrojarse ha controvertido a quienes desde ópticas mezquinas combaten y difaman a dirigentes políticos.
Yo he sido beneficiado de esta conducta y sigo disfrutando del gusto de conversar con Jorge, de reírme de tanta payasada política y de charlar sobre nuestras pasiones: el cine, los toros y las mujeres. Mi amigo liberal me ha acompañado en todas mis aventuras, cuando he sido candidato y cuando no, cuando he sido funcionario y también después.
Hace cuatro años, con su inteligencia y liderazgo, casi derrotamos al establecimiento cuando, sin un peso, convertimos el voto en blanco en el único fenómeno de opinión que registra la historia reciente de la región. Su cultura es tan grande y su sensibilidad tan permanente, que es la única explicación a su vigencia y al inmenso respeto que generan sus opiniones.
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