Existen en la economía de las naciones variables que son referencia de análisis y que tienen una gran importancia para el comportamiento y estabilidad de sus mercados.
El tipo de interés, el índice general de precios y el precio de la divisa más representativa son fundamentales, sin menoscabo de otras de tipo social como el ingreso per cápita, la tasa de analfabetismo o el índice de mortalidad infantil al nacer.
De las tres primeras, económicas más que sociales, el precio de la divisa –léase el tipo de cambio es esencial para aquellas naciones que se encuentran inmersas en el comercio y el flujo mundial de capitales.
Y Colombia –después de su apertura- puede ser catalogada como un país inmerso en el orden del comercio internacional. Por esta razón, el hecho de que el precio del dólar –nuestra divisa más importante- haya alcanzado la barrera histórica de los $3.200, hace que se enciendan muchas alarmas.
Como gran parte de las materias primas y productos de consumo masivo se encuentran atadas al dólar, el problema de su encarecimiento se moldea en dos caras de una misma moneda: por un lado los productores, quienes al ver elevados sus costos están imposibilitados de trasladar de manera inmediata tales incrementos a los precios finales por temor a perder mercado. Esto representa para ellos irremediablemente reducciones de márgenes e incluso pérdidas.
Por otro lado, los consumidores notarán como una inmensa gama de productos que conforman su canasta familiar se encarecerán, especialmente aquellos intensivos en tecnología y que ocupan un sitio preferencial en sus gustos como celulares, tabletas, electrodomésticos y computadores. ¿Es esto bueno? La respuesta dependerá de que tan real –económicamente hablando- era y es nuestra condición cambiaria.
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