En la última semana se dieron a conocer 4 encuestas de intención de voto realizadas todas por firmas reconocidas y prestigiosas.
Este tipo de estudios siempre me han llamado la atención y no deja de generarme curiosidad la diferencia de los resultados entre unas y otras.
El argumento que se usa comúnmente para justificar las variaciones es vincular a los realizadores con una u otra campaña e intentar desprestigiar los resultados. Me di a la tarea de pedirle a un experto que analizáramos juntos las fichas técnicas y me hizo ver que más allá de los márgenes de error y de los niveles de confianza lo que hay que evaluar con lupa es la composición de la muestra utilizada para realizar el estudio.
El grupo seleccionado debe reflejar la composición socioeconómica del todo que va a estudiarse. En ese sentido, para el caso de Cali los estratos 1 y 2 suman un 53%; el 3 y el 4 un 38,5% y el 5 y 6 un 8,5%.
En rigor científico las muestras deben tener la misma proporción. Lo que encontré en tres de los estudios fue que usaron muestras diferentes que reducían o aumentaban sustancialmente la participación de los diferentes componentes, lo cual crea un sesgo en los resultados pues existe una alta relación entre las características de un candidato con los gustos que diferencian a los ciudadanos en los diferentes niveles socioeconómicos.
Algunos consideran que las encuestas son una herramienta táctica de las campañas pues direccionan a los votantes indecisos.
Lo preocupante de este asunto es que la mayoría de quienes hablan de ellas se refiere solo a los resultados, analiza poco los métodos y no lee la “letra menuda”. Ojalá ningún votante tomara su decisión a partir de estas herramientas, pero si usted es uno de ellos, tómese su tiempo y léalas con detenimiento.
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