Me volví fan de las películas de Pixar cuando nació mi hija Ava en el 2002. Y si bien, antes de convertirme en papá ya me había visto Toy Story, Bichos y Monsters Inc, fue con Buscando a Nemo cuando me trasformé en un irredento fan de estas producciones.
Creo que vi Buscando a Nemo más de treinta veces en compañía de mi hija y con una frecuencia bastante pero bastante corta, a tal punto que hoy ella no quiere saber nada del pez payaso y menos de su papá, presumo que por su pre adolescencia; en cambio yo me la volvería a ver otras treinta veces.
En fin, después de Nemo siguieron otros tantos títulos que no tuvieron el mismo índice de repetición. Recuerdo particularmente Ratatouille, Wall E, Up, todas las secuelas de Toy Story y ahora último Intensa Mente.
Seguramente se preguntarán por qué escribo sobre un tema tan pueril. Debo contestar que después de haber visto la última producción de Pixar, esa película que se titula en inglés Inside Out, pero que ha sido traducida a la lengua de Cervantes como Intensa Mente, he llegado a la conclusión de que mi encanto por las películas de Pixar no es gratuito.
Tal vez mi simpatía obedece a que en ellas se encuentran mensajes que tocan al público adulto de manera muy profunda y que pasan desapercibidos para los inocentes impúberes.
El manejo de los recuerdos y el amigo imaginario en Intensa Mente o la secuencia en que el abuelo de Up pierde a su esposa después de haber malogrado un hijo son dos claros ejemplos. ¡Pero si son películas para niños! Claro que sí. Pero bien lo escribió Goethe: “La vida solo es la infancia de nuestra inmortalidad”.
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