Deponer la lengua

Fabio Cardozo

No es más que un cese de hostilidades entre los colombianos, de ninguna manera es un llamado al unanimismo o a la ausencia de la oposición, como a veces pareciera insinuar el Gobierno con sus llamados a la unidad.

No, es la pretensión democrática de escucharnos, de argumentar, de demostrar la validez o invalidez de alguna reflexión o idea; no podemos seguir pensando y hablando solo desde el odio, el resentimiento, la desinformación o peor aún, desde la mentira, cuando nos referimos al proceso de La Habana. Me dirijo expresamente a quienes son conscientes de las implicaciones políticas que trae consigo el descrédito del proceso de negociación y sus principales líderes, a partir de la venenosa ponzoña de la diatriba o la tergiversación.

Creo que si los opositores actuaran más para mejorar el curso de las negociaciones según sus convicciones y con menos afanes políticos o prejuicios ideológicos, el debate sería más rico y de más provecho para el futuro del país.

La beligerancia, el engaño, la sordidez de los mensajes, los gestos, símbolos no son patrimonio exclusivo de los malquerientes de turno; son ante todo un rasgo sobresaliente de la oligarquía criolla, partera no solo de la criatura que hoy nos gobierna, sino también, de la núbil oposición de derecha que, con sus arrebatos guerreristas hizo persignar y defeccionar al otrora verdugo de las Farc: el presidente Santos.

Los guerrilleros con su discurso elusivo, maniqueista y antitodo, tendrán también que hacer un esfuerzo para convencer a los suyos de que el Estado con que negocian es legítimo y que la sociedad en la que aterrizarán no es ninguna bacinilla. Mejor dicho, unos y otros deberán tragarse muchas palabras. Hasta los viejitos, que pecado, deberemos deponer la lengua.

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