El 3 de julio, al conmemorar los 205 años del grito de independencia de Cali, no tomen esta nota como una irreverencia para con la fecha porque refiera la otra cara de la independencia, la no registrada en los libros oficiales y que evidencia lo mañosos, voyeristas, clientelistas y corruptos que hemos sido.
Entre los hechos que confirman tales males, innatos o aprendidos, figuran: el clientelismo capitulador, los shows de la rebeldía criolla y la corrupción con los primeros documentos.
Exceptuemos la “malicia indígena”, que fue digna porque evitó que los españoles dieran con el Dorado, la primera guaca en la historia americana.
Para “prender el mecho” de la independencia, los rebeldes criollos montaron en Santafé de Bogotá el 20 de julio de 1810 el show de una gresca pública a puñetazo limpio cuando Luis de Rubio y Antonio Morales provocaron al español José González Llorente, es decir, entre patriotas y chapetones, un día de mercado que aglutinó un sinnúmero de voyeristas.
Tres décadas antes de los hechos del florero de Llorente, los componedores ya habían vendido el primer levantamiento comunero popular de 1781, tras firmar las capitulaciones de Zipaquirá, clientelistas porque las pactaron a cambio de unos puestos públicos para los líderes firmantes, como Francisco Berbeo.
Y cuando en la villa caleña se dio el primer grito criollo, 17 días antes que en Santafé de Bogotá, desapareció el acta con las rúbricas de Joaquín de Cayzedo y Cuero y de los otros patriotas fusilados después.
Para que tal documento quedara en poder de Juan Sámano, tuvo que contar con la ayuda de unas manos corruptas. Es la otra cara de la independencia.
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