Hace tiempo escribí una nota sobre la película El Ciempiés Humano.
Recuerdo que la redacté impresionado porque llegué a tan estrambótica cinta como consecuencia de escuchar a una niñita hablando del tema.
Me vi la uno y me impresionó. Y la número dos –que es en blanco y negro porque de lo contrario sería toda rojo sangre- me impactó; me ericé tan sólo de imaginar a una chiquilla viendo estas producciones dignas del genero gore y, por supuesto, senté mi opinión al respecto. Resultó que por estos días mi cuñado, quien leyó la nota de entonces, me obsequió entre risas la versión tres del quilópodo humano. ¡Qué detallazo! le dije y esa misma noche –dominado por una morbosa curiosidad- me acomodé sólo a ver la cinta ya que mi esposa las rehúye por no considerarlas propias del séptimo arte.
En fin, me vi la versión III del Ciempiés Humano, pero a diferencia de las dos primeras, esta última tiene un tinte de conclusión.
El argumento sigue siendo la insólita y ridícula unión boca ano de seres humanos pero, en esta ocasión, ¡quién lo creyera! encontré en tan descabellada y escatológica propuesta alegorías y metáforas que hacen alusión a una decadente y descompuesta sociedad postmoderna y al sistema ídem que la rige.
Si las dos primeras son del género gore, la última -“el epílogo” si se quiere- maneja un humor negro dramático representado en la creación de un gran cien pies humano por la unión de árabes y judíos, negros y blancos, musulmanes y cristianos y en el que circulan los excrementos casi que en un ciclo sin fin.
Es en definitiva una basura cinematográfica que tiene la virtud de burlarse de nuestra comedia humana. Una incalificable producción que debía ver, que no me horrorizó como sus dos primeras entregas sino que me hizo sonreír y a la que, en derecho, le debía su correspondiente nota y punto final.
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