Comisión de la verdad

Fabio Ariel Cardozo

Luego de las turbulencias generadas por los hechos de guerra que alteraron de manera crítica el proceso de paz, parece regresar la calma,  a pesar de las voladuras de las torres que han dejado sin fluido eléctrico a Buenaventura y Tumaco, haciendo padecer de manera absurda a la pobrecía de estos golpeados municipios.

Las declaraciones moderadas tanto del gobierno como de la guerrilla y el inicio del desminado humanitario lograron bajarle volumen a las voces iracundas de los agoreros de la muerte.

Tal vez  el asunto más importante de esta nueva ronda poscrisis es el acuerdo en ciernes sobre la creación de una comisión de la verdad que permita establecer, sin los sesgos de la confrontación, los máximos responsables del martirologio colombiano, para que este proceso no sea como lo señaló el jefe guerrillero Pastor Alape: “un simple intercambio de impunidades”. Es, sin duda, de la mayor importancia que al momento de tramitar el complejo tema de la justicia transicional haya claridad sobre los  responsables de la guerra más allá de los guerreros.

Tiene razón la guerrilla cuando insiste en la importancia de esta comisión, advirtiendo incluso que estarían dispuestos a asumir penas, siempre que el país logre al tiempo identificar y sancionar a los promotores y responsables civiles de esta tragedia: políticos, empresarios, expresidentes, periodistas y dirigentes.

Llegar a este punto modificaría, estoy seguro, el tono de la discusión sobre el espinoso tema de la justicia, porque entre otras razones, muchos de los que hoy claman sangre y cárcel tendrán que explicarle al país su papel e incidencia en este desangre nacional.

Importante destacar que el papel histórico de estas comisiones no es abrir heridas, es, sobre la base de la sinceridad, cicatrizarlas por siempre.

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