La única victoria que vale la pena acometer es la victoria de la paz.
Los muertos de Guapi fueron el costo que las Farc pagaron por los militares de Buenos Aires, cuando rompieron la tregua unilateral decretada por ellos mismos. Ahora los colombianos tendremos que pagar con más muertos y víctimas la insensatez de los guerreros.
Estos aciagos acontecimientos tienen el proceso en su peor momento, distinto hubiese sido que las Farc reconocieran el monumental error cometido, antes de vanamente intentar justificarlo, al punto que el presidente Santos, acorralado por los adversarios del proceso, se vio obligado a reanudar los bombardeos y, por supuesto, los militares respondieron bombardeando no solo un campamento sometido a la maltrecha tregua unilateral, sino también lo hicieron contra el proceso de paz.
Esta “efectiva” operación segó la vida de Jairo Martínez, quien recientemente había salido de La Habana, participando en las deliberaciones de la negociación, con seguridad Martínez estaba tratando de enmendar lo ocurrido con la ruptura de la tregua y agenciando además el indoctrinamiento a favor de la paz en la filas del grupo guerrillero.
Esta es una tarea a la que la guerrilla debe darle prioridad y en su momento el Estado debe no solo facilitar sino auspiciar; es apenas lógico suponer el desconcierto y la desconfianza que debe existir en la base de las Farc sobre los alcances de una negociación con el Gobierno colombiano.
Si queremos seguir avanzando, hay que recuperar el liderazgo presidencial sobre la paz, embolatado por el ruido de los sables y la vocinglería de sus adversarios que se sirven de cada dificultad en el proceso para lograr el avance de nuevos capítulos en esta raída pero siempre vigente novela de la muerte.
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