El pasado de Cali, tan solo el de hace 60 años, era marcado por la prosperidad.
El historiador Édgar Vásquez nos hace una descripción sobre una ciudad donde las multinacionales y la industria autóctona hacían parte de una plataforma económica que generaba empleo, prosperidad y una clase media pujante, con expresiones de civismo y cultura política.
Por Cali pasaba el Ferrocarril del Pacífico y contaba con una precaria conectividad con Buenaventura que le permitía grandes ventajas competitivas para que las multinacionales exportaran a costos inferiores al resto de zonas del país. Las ventajas tributarias y la seguridad jurídica hicieron de Calí un ejemplo.
La situación en los últimos años ha ido cambiando de manera trágica.
El ferrocarril desapareció y la conectividad con el Pacífico se convirtió en una aventura, pues a Buenaventura la convirtieron en un muelle del narcotráfico, los paramilitares y las guerrillas. La condena corrió por cuenta de la aristorcracia santafereña que encontró en nuestras élites empresariales unos aliados ideales que renunciaron a mantenerle a Cali su estatus de ciudad industrial y condenándola a recibir todos los desplazados por la violencia.
El cierre de la planta de Chiclets Adams, antecedido por el de Michellin, es un ejemplo más de cómo el abandono institucional, la violencia, la falta de claridad tributaria y la escasa conectividad seguirán produciendo el desmantelamiento del sector productivo, en un escenario en el que empleo informal determina una distorsión en las costumbres, en la cultura y en la política.
Nuestra clase política, que responde a las lógicas del enriquecimiento ilícito, y buena parte de los sectores empresariales, se han convertido en vasallos del Gobierno Nacional, olvidando su compromiso con la ciudad.
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