Trivialidades que agobian

Carlos cuervo

La frase “patrón bien cuidadito” retumba en nuestros oídos. Y de esta forma se da inicio al detestable convenio verbal por  medio del cual el propietario de un vehículo particular queda comprometido con el prestador del servicio, un celador callejero con el famoso trapito rojo, en un convenio desigual en contra del cliente.

Claro, este particular contrato exime al curtido vigilante a responder por daños o sustracciones cometidas en contra del vehículo objeto de su protección, pero sí obliga al propietario a entregar un emolumento so pena de sufrir algún percance con el automóvil en cuestión.

Este esquema se hace más gravoso cuando los habitantes del sector en donde trabaja el del trapito rojo se ven forzados bajo intimidación a aceptar las imposiciones del hábil emprendedor, quien esgrime amenazas o el vocabulario soez, para asumir el control de la zona objeto de su interés.

Hoy decidí comentar este asunto porque imagino que muchos de los lectores han vivido alguna de las circunstancias descritas, acompañadas de la sensación de extorsión,  como lo estoy experimentado en el sector en donde resido; y agravadas con la dificultad en descubrir a cual autoridad le compete remediar  esta intimidación cotidiana.  Ahor,a de igual forma como ocurre con esta singular molestia, el ciudadano debe enfrentar otras afrentas tales como los regueros de basura causados por los recicladores, el fastidio que producen los residuos orgánicos de mascotas en andenes  y parques, las dificultades para los peatones en cruzar calles de alto flujo cuando no hay semáforos, la invasión de andenes y puentes peatonales por ciclistas que olvidan al peatón y muchas más. Por ello sigo exponiendo ante la municipalidad cómo estamos en mora de iniciar campañas de comportamiento ciudadano y civilidad.

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