No creo que haya ningún país donde se haya creído el cuento que un grupo irregular que desafía la democracia sea inderrotable por principio. Todos los que en este mundo han sido “enemigos públicos número uno” tarde o temprano son sometidos por la dinámica misma de la guerra, debiendo negociar, no la transformación de la sociedad contra la cual se rebelaron, si no su supervivencia mediante la aceptación de las normas básicas de la democracia.
El presidente Santos es uno de los tantos engañados que cayeron víctimas de este presupuesto.
No es posible creer que una negociación es exitosa cuando se la robustece acordando puntos que son negociables por los mismos agentes de la democracia. El problema agrario en Colombia, el de la inequidad o el de la exclusión han debido ser resueltos por partidos reformistas, como en Brasil y Chile.
Todas las negociaciones exitosas originadas en guerras de liberación, en movimientos nacionalistas o en guerras religiosas, han estado determinadas por la desmovilización, la justicia y la reparación, además de la dejación y entrega de armas.
El santismo, al aceptar el carácter inderrotable de las Farc y al tipificarlo como grupo insurgente, olvidó que la característica de este grupo es el ser brazo armado del narcotráfico. Su derrota, no se la puede confundir con el exterminio, si no con el debilitamiento militar en que se encontraban en el momento mismo en que Santos decidió no continuar el modelo de seguridad democrática de Uribe.
El invento del Presidente y su hermano solo será exitoso cuando el cese unilateral sea verificable, en sitio determinado, con dejación de armas y un esquema donde la rendición sea el camino para una negociación exitosa.
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