A propósito de la segunda jornada sin carro en Bogotá, convendría promover la discusión sobre su implementación en Cali.
Seguramente se suscitarán las observaciones conocidas cuando se acometen este tipo de eventos: los primeros en revirar serán los gremios de comerciantes, esgrimiendo las cifras que afectan sus negocios, luego algunos ciudadanos que convirtieron sus autos en parte de su humanidad y todas las personas que no le dan valor alguno a estos ejercicios, asociándolos mas bien con la necedad de sus inspiradores y su ánimo de generar traumatismos en el discurrir citadino.
Las ciudades son un maravilloso invento de la humanidad en las cuales decidimos habitar el 80% de los colombianos y la mayoría de la población mundial. Pero vivir en estos conglomerados demanda una serie de servicios que, como el transporte cada vez resulta más complejo y costoso satisfacer.
En Colombia ante la deficiencia del transporte público, soñamos con comprar carro, ello nos da estatus o mejor, nos resuelve la necesidad de transportarnos con “eficiencia”, pero en esta enloquecida apuesta llegaremos a la inmovilidad que hoy padece Bogotá.
Cali está ad portas de infartarse en materia vial, de ahí la importancia del día sin carro o como lo llamamos en su momento 12 horas de oxígeno, estas jornadas no solo constituyen una iniciativa ambiental que promueve el uso de la bicicleta y prioriza el uso del transporte público, sino que nos permite “repensarnos” en esta materia hacia el futuro, desmotivar la tendencia del uso del particular, haciendo conciencia de su impacto.
Qué importante sería que quienes andamos en particular y quienes hoy nos gobiernan usaran el MIO así solo sea por ese día y se percataran de la imperiosa necesidad de su radical reestructuración.
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