Nací en el barrio Obrero, viví en calle caliente, en la esquina gastamos el tiempo y las palabras. En los bares descubrimos la rumba y en los amaneceres cantábamos Las Cuarenta. Un sábado alguien me dijo: “Rosa se suicidó”.
Tenía 16 años, era preciosa, bailaba pachanga como pocas, y era mi pareja de los domingos en los bailes. Me fui a Nápoles, donde el gordo Félix, y escuché Rosa de Daniel Santos hasta más allá del amanecer.
El bolero ha estado en mi vida desde mi infancia y soy cada día más fiel a sus letras.
Desde que Carlos Córdoba me anunció la idea de BoleOro le ofrecí mi apoyo; él arriesgó por una idea que afrontaba muchos retos: Hacer bolero es retomar un género abandonado por las disqueras, las discotecas y las nuevas generaciones.
Córdoba se jugó a escoger un grupo de profesionales de enorme trayectoria: Alvaro Cabarcas, Pelusa, una institución de Niche; dos cantantes de largo recorrido, Héctor Viveros y Leo Sarria; en la percusión, Billo Quiñónez; en el bongó, Jhon Gonzalo Moreno; en la trompeta, Lucho Bravo, en el saxófon alto, Diego Orlando Murillo. Cuando no toca Pelusa, lo sustituye Piolín, quien además es el director musical de esta producción.
Bole-Oro en dos años de existencia ya alcanzó un reconocimiento entre los melómanos. Es agrupación invitada permanente de Zaperoko, de El Habanero y ha sido aplaudida en el encuentro de coleccionistas. Además de hacerlo bien en términos musicales, Córdoba se arriesgó a componer tres temas. Por último, grabaron dos temas en bloque, como lo hacían los maestros en los años cincuenta. Eso vale mi reconocimiento.
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