Paradójico que haya adolescentes que suplen la lectura de las obras literarias asignadas en su colegio con reseñas virtuales, mientras pasan horas leyendo a cuenta propia Cincuenta sombras de Grey.
Las precoces jovencitas son seducidas por las prácticas sadomasoquistas que Erika Leonard James narra en su libro que está de moda. Pero las ingenuas voyeristas del placer doloroso desconocen la literatura erótica, poética y sublime. De lo contrario, mejor se deleitarían con El cantar de los cantares, de la Biblia; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, o Los versos del capitán, de Pablo Neruda, entre otras fuentes de erotismo auténtico.
Piedad Bonet es contundente con su mirada crítica: Cincuenta sombras de Grey no representa el triunfo de la estética, porque sabemos que las dos, libro y película, son obras mediocres, repetitivas y pobres en sus respectivos lenguajes (…). Es un producto de la sociedad de consumo, remedo de porno y también de lo erótico, dos elementos que se contraponen, pues uno es explicitud burda, mientras el otro es misterio y expresividad”.
Pero la publicidad vuelve bestseller cualquier producto, sin importar su calidad o su utilidad, tan fácil en estos tiempos de una juventud consumista, libre y autónoma. Qué distinto sucedía en otrora con las narraciones pornográficas de Hernán Hoyos, por no contar con editores poderosos, aunque sí con sus simpatizantes, colegiales varones, que eran expulsados si les sorprendían en la clandestina lectura impúdica o prestándose los ejemplares ilícitos.
Cincuenta sombras de Grey ¿reivindicará la liberación femenina? ¡No! Afianza el sometimiento, pues el sadomasoquismo también es violencia contra la mujer.
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