Lánguidas resultaron las marchas por la vida en todo el país, especialmente en Cali. Resultado predecible debido a la manera en que nació la iniciativa. Las dudas sobre la financiación del gobierno como parte de una campaña para promover los diálogos de paz generaron debate. Corpovisionarios fue contratada por $500 millones para socializar los avances en La Habana, situación que se conoció después de citada la marcha.
La entidad afirmó que la convocatoria no tenía que ver con el contrato, pero esa coincidencia no le gustó a los ciudadanos. Pueden ser varias las lecciones del fracaso de esta convocatoria. La primera, los colombianos que salen a marchar son del segmento de opinión, que no traga entero y no está dispuesto a aceptar invitaciones con doble sentido.
Sin embargo, habría razones más de fondo. Las marchas exitosas han estado precedidas por hechos que han conmocionado a la opinión pública y se convocaron para decirle no a comportamientos socialmente inaceptables.
Marchar por la vida puede resultar tan obvio como innecesario. Otro aspecto que pudo haber contribuido al desastre fue que los organizadores apelaron, al estilo de la ola verde, a las redes sociales y no vincularon a los medios masivos de comunicación, lo cual excluyó a los colombianos no digitales.
A los ciudadanos tampoco les gusta que los políticos aprovechen en año electoral estas coyunturas. En la marcha de Cali el grueso de los participantes eran precandidatos a la Alcaldía y al Concejo con sus equipos, que vez de marchar por la vida estaban haciendo proselitismo. Lo paradógico es que sin su participación la marcha habría pasado de lánguida a inexistente.
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