Umberto Valverde

Jimmy Boogaloo

Umberto Valverde

Se llamaba Jaime Castro, pero se le conoció como Jimmy Boogaloo, en su adolescencia lavaba carros en una gasolinera y después empezó su carrera de animador en Picapiedra. Honka Monka lo lanzó a la fama, eran los años del primer campeonato mundial de salsa, organizado por José Pardo Llada, quien les dio renombre y categoría social en las páginas de  Occidente.

Bailó por las monedas que le tiraban a la pista, no era una profesión, era un rebusque de la noche. En Honka Monka, Jimmy Boogaloo bailaba y mostraba un virtuosismo.

La generación de Jimmy, que coincidió con Amparo Arrebato, María Tovar, Carlos Paz, Telenbiquín, Ofelia, Cristina, Félix Veintemillas y el gran Evelio Carabalí creó los pasos fundamentales del baile caleño que se alejó de las normas cubanas y boricuas. Él fue más adelante, fundó el Ballet de la Salsa, pensando en un gran espectáculo y le enseñó a las nuevas generaciones.

Jimmy Boogaloo se alejó del baile y se convirtió en un gran showman en grilles y discotecas. Tenía su propia clientela, un gran combo de rumberas, y hacía gala de su humor para hacer chistes y poner chapas.

Muchas noches compartí con Jimmy, acompañados por el Negro Palomino, por Humberto Corredor, Cucaracho y Manolo Solarte. El año pasado, en el Mundial de Salsa que organiza la Secretaría de Cultura, organicé el homenaje que le hicimos en los conversatorios. Para hacerlo estuve en su apartamento, en Chiminangos, donde hablé con Mabel, una mujer admirable y valiente que decidió cuidarlo hasta el final. Para entonces, Jimmy ya era vegetal, y todos esos amigos de la rumba lo habían abandonado. Nadie lo iba a ver. Atiza y ataja, decía Jimmy para anunciar un disco.

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