Vi la película 50 Sombras de Gray. No porque quisiese, no porque hubiese leído el libro, no por aficionado a las modas teenagers.
No, lo hice para llevar a mi esposa que anhelaba ver la “materialización” fruto del séptimo arte del argumento que la había obnubilado durante meses. Como lector aficionado no me llamó la atención el libro, no obstante verla a ella absorta desayunando, almorzando y comiendo sus supuestas “ensombrecidas” páginas.
Teniendo entre mi reparto favorito cintas como El último tango en París, Nueve semanas y media, Bajos instintos, Orquídea salvaje o los Ojos bien cerrados, de Kubrick, creí que iba a contemplar –dado el boom y la aceptación fémina- el Opus Magnum del erotismo.
De hecho considero que un autor de género femenino puede tratar el erotismo de forma sublime por el equilibrio que le da a los cinco sentidos; nosotros los hombres nos solemos concentrar sólo en vista y tacto. Prueba es el especial toque del libro Nueve semanas y media, escrito por una mujer y llevado magistralmente al cine.
Pero en lo que respecta a las Sombras de Gray, lo magnánimo fue mi decepción. Pero lo triste de la situación es que la decepción fue general en el rostro de la mayoría de las asistentes que seguramente guardaban expectativas mayores.
El sujeto posesivo, dominante, sádico y con carácter que seduce física –pero más sicológicamente- a la virgen caperucita es un argumento fascinante para las féminas en cualquier momento y lugar. Y simples objetos como una soga, un cubo de hielo o una barra de mantequilla pueden desencadenar emociones extraordinarias si se les da el toque artístico clave; pero desafortunadamente en este caso no fue así. ¡Qué oportunidad desaprovechada tan grande!
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