Nunca nos imaginamos que la celebración de los 192 años de fundación del tradicional Colegio de Santa Librada, que inició labores el 29 de enero de 1823, por orden del Libertador Simón Bolívar y durante la vicepresidencia de Francisco de Paula Santander, sería enlutada por la partida de uno de sus mejores hijos: el profesor Goberth Mantilla.
El acreditado maestro de matemáticas que le enseñó a las generaciones libradunas en dos décadas quiso morir en esta efeméride institucional como para dejarle un mensaje a sus alumnos de que aprendieran a asumir la muerte como una compañera de viaje.
Goberth no quiso declinar su misión docente a pesar de ser consciente de que, por las palpitaciones débiles de su corazón, cotidianamente la muerte le husmeaba los talones. Cuatro horas antes, cuando nadie lo sospechó tras compartir en un consejo de profesores, con su vitalidad y euforia características, nos confesó a Eduardo Luis Arango y a mí que él también decía que en cualquier lugar que lo sorprendiera la muerte bienvenida sea.
Ejerció la docencia más de tres décadas, en la escuela Ángel Pidrahita, en el colegio Ramón Arcila y en esta institución republicana y bicentenaria, donde explicó la manera más fácil de dominar la complejidad de las leyes de la física matemática. Recordaremos cómo en las otrora reuniones mensuales de auto capacitación docente él era perito para la mayéutica.
Adiós Goberth: con tu voz ronca y de timbre suave no sólo explicabas teoremas, sino que en grupo de amigos derrochabas frases llenas de humor sutil, nunca desprovistas de ciencia y filosofía. Paz en tu tumba.
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