Extraña sobremanera que el presidente Santos haya cogido la costumbre, típica de los turistas, que tratan de comprar en cada país un recuerdo de su viaje, o de las amas de casa, que llenan sus maletas de artículos decorativos del país que visitan.
El Presidente hace lo mismo, con la diferencia que todo lo que quiere comprar lo convierte en consigna política, como si se tratara de una réplica de la gorra del general De Gaulle.
En su reciente visita a París, deslumbrado seguramente por un repaso que le hicieran sobre como los franceses resolvieron su problema agrario en el siglo XVIII, recogió de manera ingenua la famosa gendarmería o policía rural francesa, que no fue otra cosa que un cuerpo armado que cuidó a los campesinos parcelarios contra las conspiraciones de los señores feudales.
Nuestro presidente decidió que en Colombia había que revivir la nefasta policía rural que en épocas de la violencia jugó un papel sangriento, pues se dio a la tarea de identificar a campesinos inermes que, según ellos, conspiraban contra los intereses terratenientes. Su propuesta fue inmediatamente controvertida por diversos sectores de opinión.
La pregunta que queda es, a quién va a cuidar esa policía rural. Lo único, que de cara al post conflicto santista habrá que vigilar serán las 1’600.000 hectáreas que la organización terrorista de las Farc debe restituir. Pero como no las van a devolver, el presidente Santos les cuidará su heredad.
En segundo lugar, y esto es lo más grave, la tal policía se convertirá, a la manera camboyana, en el ejército que custodiará “las zonas de reserva campesina” o “repúblicas liberadas”, que es la más infame concesión hecha por el Santismo a las Farc.
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